Viví la experiencia de ser un vagabundo.

Me sentía desconectado del mundo real, que me era ajeno cómo viven millones de personas en todo el planeta. Por eso experimenté lo que sufren día a día los más desfavorecidos y nunca más volví a invisibilizarlos.

Me vestí con ropa deshilachada y vieja, no me bañé durante 2 o 3 semanas y salí a deambular por la calle, sin rumbo fijo. Por las dudas guardé bien mi documento de identidad y un poco de dinero  para volver urgente ante una situación extrema.

Viví en carne propia dormir en la calle. Una noche en un cajero automático, otra en un auto abandonado; pasé frío y lluvia. Comí de lo que me daban personas solidarias y también pasé hambre.

Lo hice pensando que quizás así, cada vez seamos más los que nos ponemos en el lugar de tanta gente que la está pasando muy mal y necesita de nuestra ayuda.